11 nov. 2009

El reino de Jerusalén [I]



Durante 200 años, los cruzados  europeos conquistaron, controlaron y gobernaron Tierra Santa desplazando a sus enemigos musulmanes fuera de la franja mediterránea. Desde que en 1095 partieran de Europa con la primera cruzada hasta que fuera arrebatada San Juan de Acre en 1291 tuvieron lugar multitud de contiendas, alianzas y desavenencias tanto contra los musulmanes como entre los propios líderes cristianos, como resultado de la ocupación se establecieron principados en las principales ciudades conquistadas, la creación de nuevas órdenes militares y fundamentalmente la constitución del nuevo Reino de Jerusalén.

Este artículo es uno de los varios que dedicaremos a una serie de temas entrelazados surgidos a partir del estímulo del primer corto de Assassin’s Creed hace un par de semanas.

DIOS LO QUIERE!


Como habíamos visto en el primer capítulo dedicado a las cruzadas, la chispa que encendió la mecha de la peregrinación religiosa militar fue el discurso pronunciado por el papa Urbano II en el concilio de Clermont donde pedía a los fieles cristianos que volvieran sus ojos a Tierra Santa, ya que los lugares de devoción estaban ocupados desde el siglo VII por el Islam, era necesario que tomasen la cruz y apoyasen su ideal de purificar Jerusalén de los musulmanes.

En Europa el mensaje del Papa caló hondo y fue secundado al grito de “Dios lo quiere!” por la masa de la sociedad, cosa de no extrañar ya que la esperanza de salvar el alma, prometido por la Iglesia si tomaban la cruz, en un período tan oscuro lleno de guerras, hambrunas, desórdenes sociales y feudalismo aplastante era más de lo que podían aspirar en sus míseras vidas.

Sin embargo, había más detrás de las intenciones religiosas de la Iglesia romana, como siempre la política primaba en estos asuntos, ya que su intención era la de hacer un cambio sustancial en la Europa de aquellos tiempos, quitándose de encima la autoridad del emperador y paralizando así las guerras internas entre los señores feudales aunándolos en una empresa común. La oportunidad vino servida de la mano del emperador de Oriente Alejo I, cabeza de la iglesia ortodoxa, que solicitaba ayuda militar a su colega romano frente al ataque de los turcos seliyúcidas sobre  sus territorios. Todo esto unido a los intereses económicos que tenían ciudades europeas respecto al comercio con la rica tierra oriental propició al momento la declaración de la Cruzada para liberar el Santo Sepulcro.

CABALLEROS Y SU SÉQUITO.

La iniciativa fue apoyada así mismo por los grandes señores caballeros europeos con vistas a aumentar su poder prometido por el Papa de aprovechar el botín conseguido así como las tierras conquistadas.

Se hablan de cifras de 100.000 peregrinos de los cuales la mayoría eran mujeres, clérigos, sirvientes  y soldados de a pie apoyando a los caballeros de un número aproximado de 12.000. El camino no sería fácil ya que el hambre y las enfermedades además de los batallas irían mermando la salud de la expedición.

Al mando de tal ejército no había ningún líder sólido, que posteriormente producirá  disensiones,  entre los hombres fuertes al cargo estaban  el duque Godofredo de Bouillon de la región de Lorena, Bohemundo de Tarento de los normandos de Italia y Raimundo IV de Tolosa.


Cuando llegan a Constantinopla, lugar de reunión, éstos son obligados a jurarle fidelidad al Basileus Alejo, asustado por el número de caballeros que habían venido, él les ofrecía transporte, soldados y víveres para el camino a cambio de que liberasen las tierras del Imperio romano de Oriente de los turcos.

En su camino hacia la capital Jerusalén, objetivo último y principal, tienen lugar varias batallas de los cruzados contra el enemigo arrebatándole importantes plazas constituidas en principados como Edesa con Balduino hermano de Godofredo al mando y la gran Antioquía gobernada ahora por Bohemundo. La promesa de devolverle los territorios a Bizancio queda rota por aparente abandono del ejército cruzado por parte del emperador.





El grueso del ejército sigue su camino llegando a ver  a Jerusalén en junio 1099.

LA TOMA DE LA CIUDAD SANTA.

Jerusalén se veía fuerte en un principio, recién conquistada por los Fatimíes de Egipto a los Seliyúcidas, contaban con importantes efectivos en el Cairo, su centro de poder.

El sitio de la ciudad tiene lugar tanto por el norte al mando de Tancredo de Hauteville como al sur  donde se sitúan los principales señores. Tras un ataque infructuoso a la muralla los cruzados deciden esperar a la llegada de material de asedio por barco. Ya en el mes de Julio con torres de madera y escalas deciden atacar la ciudad después de una visión divina mostrándoles que Dios estaba de su parte . Tiene lugar un ayuno y una marcha alrededor de la ciudad a la manera de Josué en Jericó, se reúnen todos posteriormente en el monte de los olivos para un rezo final uniendo voluntades de unos líderes no tan unidos.

Así pues en una noche a mediados de Julio comenzó el ataque final con el despliegue de las enormes torres de madera resistiendo el fuego griego de los defensores de la ciudad además de flechas y piedras lanzadas con catapultas. Llega el momento en que una de las torres por fin llega a la ya maltrecha muralla. Los musulmanes de esa zona se retiran a donde se encuentra  la cúpula de la roca y la mezquita al-Aqsa entregándose después a Tancredo.

El que era defensor de la ciudad al-Dawla la rinde por fin a Godofredo y le regala un jugoso botín a cambio de su libertad y seguridad fuera de la ciudad, la cual él y unos pocos más obtienen.

Es entonces cuando los cristianos dejan fluir toda la rabia y frustración contenida durante los 3 años de cruzada y provocan una matanza que siglos después sería recordada. Las fuentes hablan de 30.000 personas muertas sin respetar ni a mujeres niños ni ancianos. Los musulmanes son masacrados  pero también los judíos por ser sus cómplices fueron encerrados en las sinagogas y prendidos fuego. Se cuenta que incluso fueron abiertos en canal para sacarles las monedas que se habían tragado antes. El cronista Guillermo de Tiro que sería el preceptor del rey Balduino IV contaría que el derramamiento de sangre era tal que llegaba a los tobillos y asustaba incluso a los propios vencedores. No sólo se ensañaron con las personas sino con multitud de escritos judíos y musulmanes. Hay que decir que aunque fue cierto que ocurriera hemos de tener en cuenta que gran parte del relato fue enfatizado desde el punto de vista cristiano puesto que les convenía dar esa imagen de erradicación del pérfido musulmán y purificar Tierra Santa. En realidad se sabe que parte de la población escapó y otra gran parte sobrevivió vendidos como esclavos.

Terminada la carnicería los grandes caballeros se dirigieron a dar gracias a Dios por el éxito en la iglesia del Santo Sepulcro pensando ya en como organizar los nuevos territorios. Jerusalén era ahora cristiana pero gobernarla no sería tarea fácil, los musulmanes se re-organizarían para devolver la jugada y dentro del propio reino cristiano no faltarán las disputas por el poder.

Pero eso lo veremos en la segunda parte del Reino de Jerusalén.

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